A los 35 años, la mayoría de los hombres en Iztapalapa están pensando en cómo pagar la tanda, en si el tanque de gas va a durar la quincena o en cómo esquivar los baches de la Ermita. Pero Luis Beto, el “Canguro” Granados, no. Beto decidió que a su edad, con las rodillas crujiendo como chicharrón prensado y una conidición física que se agota con solo subir al microbús, era el momento perfecto para ser la próxima leyenda del boxeo mexicano.
Eran las cinco de la mañana. El frío en Iztapalapa no es un frío cualquiera; es un frío que se te mete en los huesos y te recuerda que el pavimento está duro. Beto se ajustó una sudadera gris, tan vieja que el logo de la marca ya era solo una mancha borrosa, y se amarró las agujetas de unos tenis que pedían a gritos la jubilación.
Frente a él, imponente y oscuro, se alzaba el Cerro de la Estrella.
—Hoy es el día, Beto. Hoy dejas de ser el que despacha las monas de guisado y te conviertes en guerrero —se dijo a sí mismo, mientras el vaho de su aliento formaba nubes en el aire.
Empezó el ascenso. En su mente sonaba Gonna Fly Now, pero en la realidad, lo único que se escuchaba era su respiración sibilante, parecida a una olla exprés a punto de estallar. A mitad del camino, justo donde las cruces de los Vía Crucis parecen vigilar a los que suben, Beto sintió el primer aviso del destino: un calambre en la pantorrilla izquierda que lo hizo bailar un jarabe tapatío involuntario.
Pero no se detuvo. Iztapalapa lo miraba desde abajo; un mar de luces naranjas y techos de lámina que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Para Beto, cada paso hacia la cima era un golpe al sistema, una burla a la pobreza y un gancho al hígado a la delincuencia que acecha en cada esquina. Él no corría por salud, corría por redención.
Llegó a la cima empapado en sudor, con el corazón martilleando contra las costillas como si quisiera escapar de ese cuerpo de 35 años. Se paró frente a las piedras milenarias, levantó los puños al cielo y soltó un grito que despertó a los perros de la colonia Ampliación Gabriel Ramos Millán.
Se veía imponente. Se sentía invencible. Parecía Rocky Balboa si Rocky hubiera crecido a base de tlacoyos y refresco de cola.
Lo que Beto no sabía, mientras el sol empezaba a teñir de rosa el smog de la ciudad, era que su carrera profesional duraría exactamente dos minutos con catorce segundos. No sabía que su primer rival, un jovencito de 19 años con cara de niño de coro pero manos de piedra volcánica, lo estaba esperando para darle la bienvenida más dolorosa de su vida.
Pero esa… esa es una historia de sangre y lona para el próximo capítulo.




